La Parrilla

Datos

Cabreros del Monte Población: 598 habitantes.
Comarca: Pinoduero.
Distancia con la capital: 21 kilómetros.
Superficie del término: 45 kilómetros cuadrados.
Gentilicio: parrillanos.
Actividades principales: agricultura.

Aquí nació San Francisco de San Miguel, mártir en el Japón, cuyo culto estuvo muy extendido por los pueblos de la zona. Predomina en sus casas la piedra como material más frecuentemente empleado. Posee una cruz delante de la puerta de la iglesia y una casa con dos escudos. Las tres cuartas partes del término municipal de La Parrilla están ocupadas por una de las masas forestales de pinos más importantes de esta parte de la Tierra de Pinares vallisoletana. Dentro de ella, todavía pueden verse muchas de las labores tradicionales de explotación y conservación de este patrimonio forestal, así como disfrutar de los incomparables parajes que en ellos se localizan.

 Refranes:  «De Montemayor la leña, de La Parrilla el carbón, de Traspinedo las brujas que salen en procesión».
Tradiciones: Tienen una jota propia, denominada 'La Jota de La Parrilla' y cuya primera estrofa dice así: La jota que canta el pueblo de La Parrilla no es una jota cualquiera, es una jota comunera. El que quiera que la baile y el que no quiera fuera.
Jerga: Denominan 'burrajo' a las hojas del pino, la zarambuja.
Gastronomía: Es muy típico el hornazo, que lo suelen comer en Semana Santa.
Patrimonio: Tienen un pino, el de La Canaleja, que es centenario. Los pinares de Llanillos Parrilla se asientan sobre unas dunas. Algunas de las viviendas datan del siglo XVIII y están catalogadas. La iglesia, del siglo XVI, tiene el sepulcro del obispo Sancho de Velasco. Todavía conserva los restos de antiguas caleras.
Fiestas: San Francisco de San Miguel, tanto en febrero como en junio. En agosto tienen una feria de artesanía y gastronomía y la víspera de la Virgen de septiembre.

IMPRESCINDIBLE

Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de los Remedios.

La iglesia parroquial de la Virgen de los Remedios de La Parrilla es un edificio gótico del primer tercio del siglo XVI, que de su primitiva construcción tan solo conserva un antiguo ábside gótico mudéjar del siglo XIV. Sus dos naves están cubiertas con estructuras góticas, la principal con crucerías y la del Evangelio con terceletes. En las ménsulas de arranque de los nervios se pueden ver decoraciones de cardinas, cabezas humanas y figuras de animales. El coro alto de los pies va sobre arcos rebajados y el sotocoro se cubre con crucería estrellada con claves pinjantes. La portada de la iglesia, gótica de comienzos del siglo XVI, tiene un arco carpanel con decoración de bolas cobijado por otro apuntado. El retablo mayor está presidido por la Virgen con el Niño de Manuel Álvarez, copia del mismo tema de Juan de Juni para la parroquial de Tudela de Duero.

Ermita de San Francisco de San Miguel.

Natural de esta villa, y que murió mártir en el Japón, cuyo culto estuvo muy extendido por los pueblos de la zona. Es un edificio barroco del siglo XVII, con una sola nave entre pilastras adosadas y cubierta de arista con yeserías y con crucería la capilla mayor. La portada es moderna con una cruz delante de la puerta. En el interior, escultura de vestir de San Francisco de San Miguel.

Ermita del Humilladero.

De piedra y mampostería y una nave. En el interior, escultura de Cristo, siglo XVI.

 

TURISMO

Ayuntamiento de La Parrilla
Plaza Mayor, 1 · Tel.: 983 681 518
www.nortecastilla.es (canal pueblos de Valladolid)
www.diputaciondevalladolid.es

 

ALREDEDORES

Tudela de Duero, Portillo, Campaspero, Laguna de Duero

 

Noticias



Cosas de mi pueblo

QUE VIENE LA TORMENTA

¡Vamos, vamos! corriendo a las “cotarrillas” que van a tirar el petardo, decíamos los que en aquella época llenábamos con nuestra presencia las escuelas de nuestra plaza, hoy, el Ayuntamiento.

En esta cotarra situada en las afueras del pueblo, tenía lugar el espectáculo; una multitud de chiquillos, hombres y mujeres angustiados por lo que se avecinaba, acudíamos expectantes a presenciar como el guarda de la Hermandad de Labradores realizaba los preparativos para el ansiado lanzamiento, y ver de inmediato, los efectos de romper la nube y que el granizo se convirtiese en agua.

A cada relámpago cegador, se oían los murmullos de lamentaciones, con la súplica a nuestro patrón, ¡ay santo bendito que, con tú poder divino, se salven las cosechas a punto de segar, las patatas del camino Martín Juan, las remolachas de Pozanos, los majuelos de la Solanilla y el melonar del Ajar que lo tengo tan bueno!.

Había un hoyo de cuatro cuartas de profundidad, al abrigo de una casa que actualmente existe, a la orilla de un gran peñasco de piedras con cal, y que nuestros abuelos en sus historias nos contaban, que pertenecía a las ruinas de un castillo. En él se introducía un basto tablón de madera a modo de lanzadera que en la cara mas plana, tenía dos anillas metálicas separadas entra sí, más o menos un metro, y que servían para alojar en su interior el palo anudado a veces, del enorme petardo de pólvora que la Hermandad de Labradores se había aprovisionado para este menester.

El madero era dirigido hacia la nube negra dejándolo inclinado de modo desafiante, por el guarda del campo, hombre robusto y fornido con chaqueta gris casi blanca al perder su color con el paso del tiempo, y pantalón de mahón sujeto por enorme cinturón de cuero ancho con hebilla de latón reluciente.
Ayudando a su torpe andar con su cachaba, y dirigiéndose hacia el madero, deslizaba por las anillas de éste, el palo guía del enorme cohete, dejándolo en posición de partida y esperando así, el encendido de su mecha retorcida.

Junto con el griterío de un corro de chiquillos, introducía su mano en el bolso hinchado de su chaqueta, y al sacarla, asomaba colgante de ésta la mecha sucia anaranjada y adornada en su longitud con hilos negros.
En un extremo tenía un rizo y en el otro el chisquero y que frecuentemente usaba en su incesante fumar.

Poco a poco, viendo el acontecimiento, el griterío iba mermando, como presintiendo lo que se avecinaba, hasta terminar en silencio y que en ocasiones era roto por el resonar de los truenos.
Colgando el guarda su cachaba del antebrazo izquierdo, sujetaba con la mano izquierda el chisquero, y con la diestra, daba un golpe certero en la rueda con piedra, saliendo un chisporroteo que encendía la mecha y que soplaba suavemente para avivar su lumbre humeante.

Dirigiéndose hacia el enorme petardo en medio de un gran silencio, encendía su mecha y casi al instante, seguido de un seco chasquido y enorme humareda con fuego, subía hacia la nube un cilindro de cartón negro con un kilo de pólvora dentro, y que nosotros los chiquillos contábamos a partir de ese momento los segundos que tardaban en explotar, pues eran 15 más o menos.

Cuando explotaba, un gran estruendo hacia casi temblar el suelo y vibrar los cristales de las ventanas de la casa más cercana y que como en otras estaban sujetos por pequeñas puntas o clavillos folleros, que presentaban holguras en su encaje.

Todo el personal miraba al cielo viendo el humo concentrado de la explosión y comentando en corrillos la buena o mala puntería que había tenido el lanzamiento y si iba a Portillo o hacia Traspinedo.
Los efectos casi eran inmediatos, la nube oscura que a veces acompañada de un sordo zumbido por el granizo se convertía en otras más pequeñas y difusas que descargaban grandes gotas de agua obligando a la gente de regreso del evento, a refugiarse en los portales de las casas más cercanas.

Pero en cierta ocasión en un lanzamiento, al subir el petardo se quedó enganchado su palo guía, quizá por algún nudo, en las anillas del madero de la lanzadera, y viéndolo el guarda, trato de librarlo con el extremo de su cachaba pero como el tiempo iba pasando, en vez de salir recto hacia la nube, desvió su trayectoria realizando en el cielo una parábola de continuas eses que al final fue a caer junto al pueblo, en unas zarzas del Camino del Sotellar, y coincidiendo que ese momento retornaba con prisas, un abuelo montado en su burro a cajones entre los cestos, y que al producirse la explosión con el tremendo estruendo, se espantó el burro y corriendo a galope se alejo del hecho, dejando al abuelo maltrecho pero sin graves consecuencias porque continuó muchos más años viviendo.

En este escrito trato de reflejar un hecho verídico que yo y algunos más conocimos, en nuestro pueblo de La Parrilla, para luchar contra las tormentas en los meses de verano, en la década de los sesenta.

Fdo.

Julián Arranz Toquero, 04-12-2006

 
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